Cuando todo te sobre
—¿Desea algo el señor?
—Un vaso de agua con hielo, por favor.— respondí.
Me encontraba a bordo de un tren. En algún punto de Europa; ya no recuerdo exactamente dónde. Podría ser Suiza, Italia o Austria. Tampoco importa. Lo que sí recordaré siempre serán aquellas sensaciones. Fui a la cafetería del tren para salir de aquella horrible sensación que sentía al entrar en el vagón.
Allí dentro, antes, sentía una molestia. Todo me incomodaba. No era nada concreto, sino una incomodidad difusa, como si mi cuerpo ocupara demasiado espacio en un lugar que no lo había pedido. Las piernas, las manos, la chaqueta pegada a la espalda por el sudor nervioso. Incluso la manera de respirar me parecía excesiva. Esos nervios de escenario, como si tuviera que exponer delante de decenas de personas un trabajo que no quería hacer.
En cada junta de la vía, una pequeña sacudida. Las ventanas vibraban ligeramente, haciendo temblar el paisaje que pasaba fuera.
Buscaba un rincón donde poder hacerme pequeño. Sentarme, abrir el libro y desaparecer un rato. Pero antes de llegar, estaba todo el ritual necesario: levantarme una vez reunido el valor, pedir paso, notar las miradas —reales o imaginadas— clavadas un instante demasiado largo en mi nuca. Para coger fuerzas, me puse a mirar por la ventana. No reconocía el paisaje, no sabía bien dónde estaba, qué árboles eran aquellos, qué río sería el que bordeábamos, ni a qué municipio pertenecerían las casitas que veíamos.
Con un paso en falso incomodé a una señora al pasar. Ella recogió las piernas con educación, pero con esa expresión mínima que te hace sentir fuera de lugar. Ese silencio cómplice. La chaqueta seguía oprimiendo la camisa que se me pegaba a la piel, el sudor empezaba a hacerse presente. Una chica muy guapa levantó la mirada un segundo; la esquivé demasiado rápido, como si sostenerla fuera una prueba que no podía permitirme. Un grupo de hombres mayores hablaban en voz alta, riendo con esa seguridad que no pide permiso.
Necesitaba levantarme y hacer algo, disociar.
Me senté con el vaso delante. El tren avanzaba con esa calma precisa que tienen las cosas que no dependen de ti. Un asiento junto a la ventana; abrí el libro más para protegerme que para leer.
Ninguna frase me decía nada, no podía concentrarme ni seguir el hilo de la novela. El hielo tintineaba dentro del vaso, la gente hablaba en idiomas que creía poder entender, y otros que ni en cien vidas habría podido descifrar. Afuera, el paisaje empezaba a abrirse: campos verdes que se extendían sin prisa, casas dispersas con tejados inclinados, montañas grises en el horizonte, con nieve en las cumbres, algún árbol solitario que parecía plantado allí solo para ser visto un instante y desaparecer. Quizá en honor a algún ser querido. No podía apreciar la belleza que me rodeaba. Y es que siempre, desde pequeño —yo, que nunca había podido viajar mucho— cuando lo hacía, quería mantenerme despierto, por si me perdía un trozo de paisaje de un país nuevo, donde no había estado, guardándolo todo en mis retinas.
Cerré la cubierta y respiré hondo, con los ojos cerrados. Al abrir de nuevo el libro y ver aquella dedicatoria, algo cambió. No la recordaba. La letra, ya un poco desvaída, pero conocida.
Decía:
“Cuando todo te sobre, quédate igualmente.
Deseo que te guste tanto como a mí.”
Levanté la mirada.
El paisaje seguía pasando exactamente igual: los mismos campos, la misma luz suave de una tarde que no anunciaba nada, el mismo ritmo constante del tren avanzando sin dudar.
Pero ya no era lo mismo.
Algo se había desplazado, muy adentro, en un lugar sin nombre. No era una idea ni una decisión. Era más bien una forma distinta de estar dentro del mismo cuerpo. Como cuando un hielo se funde sin hacer ruido y, de pronto, el espacio se vuelve más amplio.
La luz no había cambiado, pero parecía más presente. No iluminaba: reposaba sobre las cosas. Se quedaba un poco más de lo habitual en las superficies, como si las acariciara, haciendo que las sombras jugaran su papel al remarcar los contrastes. Los campos no eran solo verdes; eran profundos, con una vida bien definida. Sin buscar ser vistos.
Di un sorbo de agua. Fría, clara y cristalina. El hielo, en este caso, aún no se había derretido.
El tiempo no se había detenido, pero tampoco avanzaba con urgencia. Una mujer reía dos mesas más allá, con una risa sincera, ligeramente demasiado alta. El sonido se disolvía sin molestar. El joven camarero pasaba de nuevo, ahora con más prisa, pero sin dejar rastro. Un niño miraba fijamente por la ventana, con los ojos abiertos como si todo fuera nuevo, como si aún no hubiera aprendido a esperar nada de lo que veía.
El mismo ruido. El mismo movimiento. Las mismas personas.
Pero ya no había fricción.
Las cosas no me pasaban por encima ni yo tenía que alcanzarlas. Todo ocupaba su lugar sin esfuerzo, como si siempre hubiera sido así y yo hubiera llegado tarde a entenderlo.
No necesitaba que nada fuera distinto. No necesitaba gustar, ni acertar, ni encajar mejor en aquel espacio. No necesitaba retener ninguna mirada ni alargar ningún momento.
Volví a mirar por la ventana, sin buscar nada en concreto. Solo mirando. Sin traducirlo en nada.
Y por un instante —breve, pero limpio— sentí algo muy simple y muy extraño a la vez: la suerte de estar vivo. No como una idea, sino como una evidencia suave. De poder ver aquello. De estar allí dentro, en movimiento, sostenido por algo que no hacía falta entender. Rodeado de belleza. Mi suerte.
Sin tener que llegar a ningún otro lugar más que a ese momento.
El tren avanzaba. El mundo también y, por primera vez en mucho tiempo, yo no intentaba ir por delante.

